Manifiesto Turismo y Patrimonio Religioso
Después de asistir virtualmente al I Congreso Internacional de Turismo Religioso en El Salvador (2026), he querido rescatar algunas de las ideas que más me han resonado, a partir de las intervenciones recogidas en su Memoria y del Manifiesto de San Salvador con el que concluyó el encuentro.
Las he agrupado por ejes temáticos y atribuido a sus respectivos ponentes. Este resumen no sustituye la lectura completa de la Memoria ni del Manifiesto, ambos realmente interesantes.
1. Fundamentación conceptual y filosófica
• La “Economía del Significado”. Adrián Lomello (Argentina) sostiene que, frente al consumo del siglo XX, el siglo XXI entra en una economía donde el viajero busca sentido, esperanza e identidad. Para Lomello, el turismo religioso es «probablemente la única industria del mundo» cuyo producto principal no se puede fabricar, patentar ni copiar: «Es un patrimonio que se hereda, se cultiva o se pierde».
• Diferencia teológica: evangelización, no proselitismo. El padre Daniel Aguirre (Brasil) matiza que el objetivo de la Iglesia en el turismo no es “convertir”, sino trabajar para que las personas vivan mejor su espiritualidad.
Yo añadiría que el turismo religioso puede poseer una dimensión evangelizadora (anunciar o hacer presente el Evangelio y permitir que la persona pueda encontrarse con el sentido cristiano de la vida) sin convertirse en una práctica de proselitismo. Es decir, ofrecer al visitante la posibilidad de comprender y experimentar el significado espiritual y religioso del patrimonio, respetando siempre su libertad de conciencia.
Advierte además contra patologías como la “disneyficación” o la “mcdonaldización” de los lugares sagrados.
Desde esta perspectiva, formuló cuatro objetivos del turismo religioso, sostenidos sobre dos pilares: gobernanza y hospitalidad:
- Preservar la esencia material e inmaterial de los lugares de fe;
- identificar y mapear la oferta existente;
- Difundir el destino;
- Restaurar las estructuras religiosas, utilizando parte de los ingresos turísticos para financiar su conservación.
• El peregrino como eje. Hugo Marcos (Portugal) propone un cambio en la narrativa: el centro del relato no debe ser únicamente el destino, sino la transformación interior que vive el viajero. El peregrino pasa así a convertirse en protagonista de la experiencia.
• Función cultual. Leonardo Boto (Argentina) recuerda que los templos no son museos, sino lugares en los que las comunidades continúan viviendo su religiosidad. Esta idea resulta especialmente importante a la hora de gestionar un patrimonio que mantiene vivo su significado religioso.
2. Gobernanza y gestión
Adrián Lomello plantea que cualquier plan necesita la articulación de cinco actores: la Iglesia, como propietaria o responsable de una parte importante del patrimonio religioso; el sector público; el sector privado; la academia y la comunidad. Los define como la parte social y política (el consenso)
A esta articulación se suman cinco pilares de gobernanza que permiten estructurar la gestión del destino:
- Mesa sectorial permanente: un espacio de coordinación continua entre los diferentes actores.
- Inventario con narrativas: no solo catalogar los bienes, sino dotarlos deun relato que permita comprender su significado.
- Política pública con presupuesto: que las intenciones institucionales estén respaldadas por recursos económicos concretos.
- Sistemas de medición: obtener datos sistemáticos sobre un sector que todavía presenta importantes carencias estadísticas.
- Marco normativo: una estructura legal que regule y proteja tanto la actividad como el patrimonio.
• Del monumento al territorio. El alcalde Fabián Rojas (Colombia) plantea que el éxito no reside únicamente en la majestuosidad de un templo, sino en cómo ese patrimonio se relaciona con el centro histórico, la comunidad y la vida de los ciudadanos. «un destino se construye entre todos».
• El Estado como facilitador, no como anfitrión. Desde la delegación de Israel se presentó un modelo de “Estado invisible” que garantiza autonomía a las comunidades religiosas, coordina aspectos como seguridad, accesibilidad o festividades, pero deja que el verdadero anfitrión sea cada lugar y cada comunidad religiosa.
• Marta Gemio Salas (Bolivia) defendió una gobernanza participativa y multinivel. Según Gemio, el patrimonio religioso no puede gestionarse «desde un escritorio», sino que debe articularse en el territorio. Para ella, el patrimonio religioso vivo se encuentra también en las personas que mantienen las tradiciones, en las comunidades que reciben a los visitantes, en las celebraciones transmitidas entre generaciones y en los saberes, prácticas y formas de espiritualidad vinculados al territorio.
3. El proceso social y el protagonismo comunitario
• Urbanismo participativo y “acupunturas urbanas”. Alejandra Gallego (Colombia) introduce el concepto de intervenciones rápidas y de bajo coste realizadas junto a la comunidad para generar confianza antes de las grandes inversiones. Gallego sostiene que la verdadera “infraestructura invisible” de un destino es su proceso social, lo que puede entenderse como el entramado social que sostiene al destino. Además, introduce una distinción: «Participar no es decidir: es que las comunidades se involucren en la toma de decisión». La comunidad debe aparecer como parte de los procesos que afectan a su propio territorio.
• La autenticidad como límite. Bernal Díaz (Guatemala) lo expresa de forma contundente: «Las procesiones no existen para el turismo; el turismo existe porque las procesiones existen». La tradición puede compartirse con quien visita el destino, pero no debería transformarse en un mero espectáculo.
4. Nuevas tendencias
• Nuevas generaciones. Vanessa Angulo (Perú) destacó un dato especialmente llamativo: en un estudio de PromPerú, los centennials y millennials aparecían entre los grupos más interesados en realizar actividades de turismo religioso.
• Turismo lento. Marta Gemio (Bolivia) propone un turismo que busque valor antes que volumen, preservando la esencia del territorio y de las comunidades que lo habitan.
5. Patrimonio, UNESCO y autenticidad
• Mario Maldonado, exviceministro de Patrimonio Cultural de Guatemala y exrepresentante ante la UNESCO, definió el turismo religioso como un encuentro entre fe, cultura, identidad, memoria y territorio.Su punto de partida fue que «antes de ser turistas somos peregrinos», porque el ser humano se encuentra en una búsqueda permanente de significado. Para Maldonado, el centro del patrimonio no está solamente en los monumentos, sino también en los “portadores” que transmiten los saberes de generación en generación.
Maldonado señaló que cerca del 80 % de los elementos del patrimonio inmaterial se relacionan con prácticas religiosas, junto con un 20 % de los sitios inscritos como Patrimonio Mundial que presentan algún vínculo con el patrimonio religioso.
Pero quizá uno de los conceptos más relevantes de su intervención fue el de salvaguardia. Salvaguardar el patrimonio vivo implica también gestionar la masificación, evitar la mercantilización de la fe y proteger la autenticidad de las prácticas y de los lugares sagrados.
6. Tecnología, innovación y comunicación
• La “Triple Hélice” de la innovación. Diego Maraña (España) explica cómo la inteligencia artificial puede ayudar a que «el camino busque al peregrino», mediante herramientas de planificación, accesibilidad o gestión de la saturación. Sin embargo, marca un límite claro: la tecnología nunca podrá sustituir aspectos profundamente humanos de la experiencia religiosa, como el silencio de un monasterio o la búsqueda personal de quien camina.
• Autonomía de datos. Alfredo Morales (Trabitat) advierte sobre la «dictadura de los intermediarios» digitales y defiende que los destinos construyan sus propios datos para poder comunicarse directamente con el viajero y reducir su dependencia de plataformas terceras.
• Del púlpito a la plaza. El padre Máximo Jursinovic (Argentina) señala que la comunicación eclesial ha cambiado: ya no se trata de hablar para las personas, sino con ellas. En la misma línea, plantea que los destinos no deberían competir por ser espectaculares, sino por ser significativos.
7. El Manifiesto de San Salvador
El documento define el turismo religioso como una expresión de la movilidad humana que trasciende el simple desplazamiento físico y que conecta con la búsqueda interior, el encuentro, lo trascendente, la memoria histórica y el significado simbólico de las tradiciones.
También reconoce su capacidad para contribuir al desarrollo económico de los territorios, pero introduce una advertencia esencial: lo económico no debe prevalecer sobre la esencia espiritual ni convertir los espacios sagrados en meros productos turísticos desprovistos de sentido. El Manifiesto subraya igualmente la necesidad de preservar la autenticidad y evitar la folclorización, la banalización y la comercialización indiscriminada.
Sus siete compromisos principales son:
- Integrar el turismo religioso en las políticas de desarrollo territorial.
- Formar a los actores locales.
- Incorporar a las comunidades a la toma de decisiones como custodias del patrimonio.
- Favorecer la salvaguardia del patrimonio mediante alianzas público-privado-comunitarias.
- Diseñar experiencias integrales que articulen lo espiritual, lo cultural y lo social.
- Promover el diálogo intercultural e interreligioso como herramienta de paz.
- Establecer mecanismos de evaluación y mejora continua.
En conjunto, una de las ideas que más me queda después de estas jornadas es que hablar de turismo religioso significa ante todo, hablar no solo de «templos» sino también de sentido, autenticidad, comunidades, patrimonio vivo, gobernanza y territorio, y de gestionar todo ello sin perder aquello que precisamente hace singular a estos lugares: su dimensión espiritual.
Puedes acceder al Manifiesto San Salvador:Por un turismo religioso que humaniza, transforma y desarrolla los territorios, a través de este enlace Manifiesto Turismo Religioso
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