La Santa Espina en Valladolid (parte 3)
El siglo XIX en España fue una época convulsa que afectó a todos los sectores y también a la vida en torno al monasterio. Primero llegó la Guerra de la Independencia (1808–1814), que abrió el camino a la primera Constitución liberal en Cádiz (1812). Durante este conflicto, el monasterio sufrió además el expolio de las tropas napoleónicas, perdiendo no solo bienes artísticos, sino también ganado, materiales de construcción y recursos básicos para su funcionamiento.
Después, el país vivió una constante alternancia entre absolutismo y liberalismo, que enfrentaron a los partidarios de la tradición —muy vinculados a la Iglesia— con los defensores del liberalismo.
Las Desamortizaciones
El liberalismo español impulsó procesos de confiscación y venta de bienes eclesiásticos y comunales. La desamortización no fue solo una medida económica: fue también un gesto político e ideológico.
Cortes de Cádiz (1812): primera propuesta de enajenar bienes de la Iglesia. Aunque la guerra lo impidió y Fernando VII restauró el absolutismo, los monasterios quedaron en el punto de mira.
Mendizábal (1836): el gran punto de inflexión para la Santa Espina. Supuso la exclaustración de los monjes cistercienses, que tuvieron que abandonar el monasterio tras casi siete siglos de vida comunitaria. Con ellos se fueron las peregrinaciones organizadas, la hospitalidad de la hospedería y la estabilidad agrícola que sostenía a los pueblos de su entorno. Sus huertas, viñedos y tierras de labor, junto con propiedades en Castromonte y fincas vinculadas a la abadía, fueron sacadas a subasta, incluyendo también recursos ganaderos y otros bienes que sostenían la economía del monasterio. Subastado entre 25 compradores, el edificio es adquirido en 1837 por Manuel Cantero, quien lo vende en 1865 a Ángel Álvarez, Marqués de Valderas. El edificio tras tres décadas de abandono presenta un aspecto ruinoso
Madoz (1855): afectó también a bienes municipales y a las pocas propiedades vinculadas al monasterio que aún quedaban, consolidando la pérdida del patrimonio. Despojarlos de sus bienes significaba, en la práctica, romper siete siglos de continuidad entre fe, patrimonio y vida rural.
No se trataba solo de la pérdida de propiedades, sino de la desaparición de un modelo de organización que articulaba la vida económica, social y espiritual del territorio.
Consecuencias para la Santa Espina y su entorno rural
La Santa Espina había sido un claro ejemplo de hospitalidad, un referente agrícola y un nodo de identidad comunitaria y de cohesión territorial. Sus huertas, viñedos y tierras de labor sostenían tanto a la comunidad como a campesinos vinculados a ella; su hospedería ofrecía acogida a peregrinos, viajeros y comerciantes; y su reliquia atraía devotos que, directa o indirectamente, generaban movimiento económico en la comarca.
La desamortización de Mendizábal rompió ese equilibrio: los monjes se marcharon, el monasterio quedó vacío y los pueblos de su entorno —Castromonte, Medina de Rioseco, Urueña y otras aldeas de los Montes Torozos— perdieron su motor espiritual, económico y social. Sin monjes que custodiaran la reliquia ni organizaran celebraciones, las peregrinaciones se redujeron drásticamente. Los campesinos quedaron sin el marco de estabilidad que ofrecía la abadía, las procesiones y fiestas en torno a la espina de Cristo disminuyeron, y el contacto cotidiano entre monjes y vecinos desapareció. El campo dejó de beneficiarse de la organización agrícola cisterciense, y con ello se interrumpió la dinamización rural que había caracterizado a la zona.
Los nuevos propietarios de las tierras desamortizadas no siempre las trabajaban directamente, sino que buscaban rentas. Esto generó tensiones sociales y mayor desigualdad. La promesa liberal de crear un campesinado próspero, modernizando la estructura agraria y reduciendo el poder de la Iglesia, no se cumplió, y el vacío dejado por los monjes no se llenó.
La Santa Espina fue un ejemplo claro de cómo estos procesos de expolio a la iglesia transformaron de raíz la relación entre patrimonio, fe y territorio en Castilla y León. El Monasterio de la Santa Espina (Valladolid) pasó de ser motor espiritual y agrícola de los Montes Torozos a un edificio vacío y en ruinas.
La experiencia de la Santa Espina en el siglo XIX se puede resumir en tres claves:
- Peregrinaciones: se redujeron drásticamente tras la exclaustración; la reliquia sobrevivió, pero sin la proyección devocional organizada.
- Dinamización rural: el monasterio dejó de ser motor agrícola y de hospitalidad, lo que debilitó la vida comunitaria y económica en los Montes Torozos.
- Desamortizaciones: la Santa Espina pasó de ser un centro de referencia a convertirse en un edificio vacío, símbolo de un pasado roto.
La destrucción y el expolio al que lo sometieron los invasores franceses, la no menos dañina desamortización de mendizábal con la expulsión de los monjes de una casa que habían habitado durante siete siglos, supuso que al terminar el siglo XIX, la Santa Espina era ya un espacio en ruinas parciales y muy descuidado, lejos de su antiguo esplendor. Sin embargo, esta etapa de crisis preparó el terreno para su renovación en el siglo XX, cuando Doña Susana de Montes y Bayon, marquesa de Valderas (viuda de Angel Alvarez) se convierte en su gran valedora.
La marquesa decide fundar una institución benéfica para huérfanos pobres y elige a los Hermanos de las Escuelas Cristinas, congregación fundada por Juan Bautista de La Salle que llegan en 1888. La educación agrícola y la labor de los Hermanos de La Salle devolverían vida al conjunto, iniciando una nueva y fecunda etapa para La Santa.
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